Hay dos Mercedes en esta historia.

 

La primera es Mercedes, mi bisabuela y la abuela de Niquet —mi mamá, y mi socia en esto—. Diseñaba, cosía, vendía, y hacía unos bordados que eran una obra de arte. Niquet heredó todo eso de ella: el oficio, las manos inquietas, y años después me lo pasó a mí, junto con su nombre. Y ahí aparece en la historia la segunda Mercedes —o Mechi, como me dicen todos—, sin haber pisado nunca el mundo textil, pero con esas mismas manos inquietas de fondo.

 

Con los años, como pasa tantas veces, ese oficio se fue diluyendo en el ruido del día a día. Niquet se hizo contadora, yo me metí en la comunicación, y cada una siguió su camino: los números, las letras, la vida. Pero habrá sido por ese hilo rojo, por algún pendiente entre Mercedes y Mercedes, que cuando llegó el momento de animarnos, madre e hija no dudamos. Era algo entre agujas.

 

Desde siempre tuvimos un lado artístico, aunque nunca lo llamamos así. Niquet pinta cuadros, y tiene un ojo estético envidiable. Siempre se preocupó porque tuviéramos nuestro propio espacio de expresión desde chicos. Una vez dividió una pared de la casa en tres, para que cada uno de sus hijos pintara su propio mural. De ahí en más, intervenir prendas heredadas o resignificarle una segunda vida a objetos de otros tiempos fue casi natural.

 

Para nosotras, verse bien nunca tuvo que ver con seguir una tendencia, sino con sentirse uno mismo — y creemos que esa libertad importa desde el primer día de vida. Quizás por eso, cuando llegó el momento, no hubo mucho que pensar: había que volver a las agujas.

 

Elegir menos, pero mejor. Esa fue la premisa con la que Nuku nació en 2025. No fue una decisión impulsiva — fue un camino de a poco, con preguntas, miedos y vueltas, pero con la certeza de que sea algo auténtico, que cada uno use y combine a su manera.

 

Y así empezamos este camino de la mano, mirando hacia adelante con cada puntada heredada de la primera Mercedes. Gracias por confiar.

 

Niquet y Mechi